Las colectivizaciones industriales, con Antoni Castells

Este jueves 7 de noviembre se ha iniciado el ciclo de charlas y debates de colectivización de AureaSocial, Fem-lo Comú, dedicado este mes a la Memoria histórica del anarquismo en Catalunya. Como ya anunciábamos, se trata en cierta forma, de comprender una parte de la encrucijada en la que se encuentra actualmente Catalunya a partir del estudio del pasado libertario, que se alarga hasta los nuevos movimientos sociales.

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Hoy ha sido el turno de Antoni Castells, que ha sido presentado por Juanito Piquete, y que ha hablado de las colectivizaciones industriales. Castells es doctor en Ciencias Económicas y autor, entre otros, del libro Las colectivizaciones industriales en Barcelona, 1936-1939. Es uno de los más conocidos historiadores en relación a este tema. Su análisis preciso sobre el desarrollo y la evolución de las colectivizaciones en los sectores industriales de la ciudad de Barcelona es una herramienta de gran utilidad para conocer la “revolución económica desde abajo” que se fue configurando durante el desarrollo de la Guerra Civil en multitud de pueblos y ciudades de la llamada zona republicana, especialmente en nuestro país.

Según Castells, todavía hoy, la cuestión de las colectivizaciones es poco y mal conocida, a causa, primero de la «transacción» (la llamada Transición), que la quiso borrar de la memoria y decretó el olvido, y segundo, porque esta clase de experiencias no forman parte de la historia oficial, sino de la gente cuando actúa como pueblo y organiza la vida de forma libre y colectiva. La experiencia de la que hablamos, sin embargo, ha sido única en el mundo, se llevó a la práctica el socialismo libertario en una sociedad fuertemente industrializada. Se produjo, además, en el contexto de la revolución soviética, los regímenes nazi-fascistas y la llamada crisis de 1929, una crisis de la burguesía y del capitalismo liberal, de la que no se salió hasta el new deal de Roosevelt, con la intervención de la economía capitalista que se conoce posteriormente como Estado del Bienestar.

«Nos interesa recuperar el conocimiento del pasado para aprender de los errores y proyectarnos hacia el futuro»

Según este historiador, la experiencia colectivista es una de las transformaciones sociales más importantes del siglo XX, teniendo en cuenta que los protagonistas fueron trabajadores y abarcaron todos los aspectos de la vida cotidiana, tanto en el campo como en la ciudad. El incio se produjo con la derrota de la sublevación militar, especialmente en Barcelona. La derrota del ejército conllevó el derrumbamiento del Estado; los dueños de las empresas se encontraron desprotegidos y los que quedaron no lograban imponer su autoridad. Los trabajadores, de forma espontánea, colectivizaron las empresas a apartir del 21 de julio de 1936. Así, el primer llamamiento de la FAI para ir al frente es del 26 de julio y el de la CNT para que la gente continuara trabajando fue el 28 de julio. De hecho, muchos trabajadores iniciaron las colectivizaciones a través de los comités de empresa, no de los sindicatos.

Colectivizar una empresa significaba que la propiedad pasaba a ser colectiva y gestionada por los trabajadores: el Estado no tenía nada que hacer, pero tampoco se trataba de cooperativas. Los beneficios, por ejemplo, iban una parte a una caja de créditos industriales, otra a un fondo de reserva, otra para fines sociales y, finalmente, se repartía entre los trabajadores.

El miedo de los trabajadores manuales a la colectivización fue general: pequeños talleres y comercios, técnicos, funcionarios… preferían, en parte, conservar su propiedad privada o la estatalización.

La CNT, la FAI y el POUM apoyaban la colectivización, pero no la UGT, el PSUC, ERC, Acció Catalana o la Unió de Rabassaires.

Las dos acciones más importantes fueron: la empresa colectivizada y la agrupación de empresas (por ramo, comarca, etc.) La coordinación de abajo hacia arriba se realizó con este proceso de agrupaciones. El proceso consta de cuatro etapas: de julio a octubre de 1936 (con el Decreto de colectivizaciones y Control obrero), donde se realizan la inmensa mayoría de las colectivizaciones; de octubre de 1936 a mayo de 1937, cuando hay un intento de ocupar un edificio de Teléfonica, que controlaban la CNT y la UGT y que acabó muy mal, con unos 400 muertos. Lo que habría podido ser una victoria militar y política se convierte en una derrota que tendrá largas consecuencias. La relación de fuerzas cambia, también se produce el asesinato de Andreu Nin (POUM); la tercera etapa es la comprendida de mayo de 1937 hasta 1938, en que se frena el proceso; y, finalmente, hasta la entrada de las tropas de Franco, en que la mayoría de las empresas son estatalizadas y/o reprivatizadas.

Por lo que respecta a las agrupaciones, a nivel organizativo, cabe destacar la asamblea general de todos los trabajadores de la empresa, que era el órgano máximo de decisión, también había un Consejo de Empresa, que era como la gerencia de la empresa y el Comité Sindical, que organizaba la defensa cotidiana de los trabajadores y era una forma de no concentrar el poder en un sólo órgano; en las empresas o agrupaciones legalizadas estaba la figura del interventor, una persona designada por el consejero de Economía encargado de mantener relaciones con el Gobierno. Cabe señalar que hubo empresas y agrupaciones que no eran legalizadas porque consideraban que ya eran legales y no era necesario plasmarlo sobre el papel. Cada nivel de agrupación reproducía este esquema y estos órganos servían para resolver los problemas de cada sección (local, comarcal, de ramo, etc.) con lo que se agilizaba la toma de decisiones. La comunicación era ágil y continuada. Finalmente, se tuvo siempre cuidado de no caer en la burocratización. Los miembros del Consejo de empresa cobraban lo mismo que antes y, además, continuaban trabajando a lo largo del día y las tareas del Consejo las realizaban una vez acabada la jornada laboral.

En cuanto al aspecto económico, hay que tener en cuenta que en aquella época la industrialización era precaria en cuanto a maquinaria y preparación. En aquel momento, con el Estado divido en dos, Catalunya necesitaba materias primas de las que no se podía proveer fácilmente. También hay que señalar la cuestión de la inercia social, dificultad que pudo resolverse rápidamente. También, hubo que contar con el boicot que hicieron algunos órganos gubernamentales. Así mismo, el capital extranjero: cuando una empresa colectivizada exportaba al extranjero, el antiguo propietario reclamaba el cobro de la exportación; otro problema era que legalmente no se podían colectivizar las empresas extranjeras si no era por necesidades nacionales, aún así se colectivizaron algunas, como la óptica Clotet, la Canadiense (electricidad), etc.

Se reestructuró y racionalizó el aparato productivo. Por ejemplo, se crearon unidades de producción de mayor volumen; se elaboraron estadísticas para conocer las cuentas de producción, se priorizó la especialización: se procedió a racionalizar la producción: por ejemplo, el caso de la electricidad, donde había tensiones y voltajes diferentes según la población o la empresa. Se renovó la maquinaria y, también, las instalaciones de muchas empresas y se procedió a eliminar los intermediarios al máximo.

Otro aspecto de interés es que se produjeron cambios de tipos de productos, pensando especialmente en las necesidades básicas de la gente. Por otra parte, por cuestiones éticas se eliminaron o cambiaron espectáculos como el boxeo (en el que no se pegaban), los canódromos (que no aceptaban apuestas)…, las pérdidas de estos sectores del espectáculo se cubrían con las ganacias de cines, teatros y otros.

La creación de la industria de guerra catalana se hizo a partir de muchas industrias metalúrgicas. La transformación afectó también al sector de la química. En octubre de 1937 ya había más de 400 fábricas con 40.000 personas trabajando. En siete semanas se hizo en Catalunya lo que en Francia costó 14 meses durante la Segunda Guerra Mundial. Se fabricaban todo tipo de armas y explosivos, incluso tanques y armas pesadas. El Gobierno republicano español veía esta industria con malos ojos, hasta el punto que una industria de guerra de Toledo prefirió que se la quedase Franco a que se trasladase a Catalunya. De hecho, en agosto de 1938 el Gobierno republicano español procedió a la militarización de la industria de guerra catalana.

En esta época también se cambian materias primas de importación por productos autóctonos: por ejemplo, cáñamo en lugar de algodón, y se impulsa la investigación ligada a la producción.

Por lo que respecta al aspecto social, se mejoran las condiciones sanitarias de los centros de trabajo. En cuanto a los salarios, la CNT propugnaba el salario único, pero tuvo mucha oposición y no se implantó mayoritariamente. Se eliminaron los sueldos de los gerentes, pero se cerró el abanico salarial, reduciendo categorías profesionales y aumentando más las categorías que cobraban menos. También existía el plus familiar, que dependía del número de familiares a cargo de los trabajadores. Se crearon los servicios de asistencia y previsión social, que cubría a los trabajadores cuando no trabajaban por enfermedad o jubilación, una novedad muy importante en aquella época en la que la mayoría de los trabajadores no podían pagar una mutua.

Mucha gente joven tuvo que ir a la guerra, pero, por otra parte, aquí llegaron hasta 750.000 refugiados procedentes del resto de España. Se procuró crear nuevos puestos de trabajo, se impulsó la formación de los trabajadores con la creación de escuelas, bibliotecas, etc. También se tuvieron en cuenta los intereses de la gente, de los consumidores. Por ejemplo, se bajó el precio de la luz, de los cines y teatros; en las barberías se cuidó mucho el aspecto sanitario, en la industria láctea se tomaron medidas de higiene más potentes, etc.

A modo de conclusión, Castells cree que, en general, tanto a nivel social como económico, este periodo de colectivizaciones fue muy provechoso, como incluso ha reconocido Serra i Moret, contrario a ellas. De hecho, en las actas de la comisión de descolectivizaciones franquistas hay declaraciones de empresarios que reconocen que se encontraron las fábricas en mejores condiciones que cuando se marcharon.

Cabe destacar que se profundizó mucho en la democracia directa, se llevó al seno de la empresa, que había sido siempre un lugar de autoritarismo y jerarquías. Se puso en evidencia, también, que cuando se participa en las decisiones, la productividad y la creatividad crecen exponencialmente.

 

Traducción: Ana Albuixech
Fotos: Carolina Zerpa

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